Por Romina Amodei. Mónica Tronconi, pintora argentina nacida en Entre Ríos, cursó estudios en la Escuela de Bellas Artes de Paraná, y se perfeccionó luego en los Talleres de Kenneth Kemble, Eduardo Audivert y Jorge Ludueña. La temática de Tronconi, como se aprecia en muchos de sus trabajos, se inscribe dentro de un realismo costumbrista, donde atardeceres, ponchos y caballos se suceden en una procesión de estética y virtuosismo.
“Los caballos siempre estuvieron en mi vida provinciana, desde mi infancia en el campo entrerriano, cuando de niña montaba en pelo sintiendo que el animal y yo éramos una sola cosa. Supe entonces lo que era la felicidad de sentir el viento de la libertad en mi cara agarrada de las crines.
Cuando mi vida fue atrapada en la ciudad, lejos de los equinos, su imagen siempre habitaba en mi mente y en mi corazón como paradigma de belleza, nobleza y fidelidad”.
Crió árabes, criollos y algún cuarto de milla, todos le fascinaban y a todos les encontraba alguna virtud. De esta manera surgieron en su pintura. Cuando tuvo que alejarse definitivamente del campo, cuanto más tiempo pasaba lejos de ellos, más fuerte surgían en su imaginación, admite.
“Extrañaba mi mirada deslizándose por su lomo, mis manos acariciando su formidable cabeza, mi admiración al contemplar su andar alado, hasta que por una necesidad afectiva, toda su presencia fue plasmándose en las telas a través de mis pinceles. Volví, entonces, a acariciarlos, a disfrutar de su belleza, a recrear una relación de amor que no podía resurgir de mejor manera. Es uno de los motivos por el cual disfruto tanto de mi trabajo”.
Cuando pinta caballos, lo hace por pasión y por la de muchos por eso su paleta trata de volverse transparente, lúcida y vibrante.
“Mis pinceles quieren transformarse en tacos y giran tratando de atrapar la bocha. Me encantaría que los caballos salieran cabalgando de mis cuadros y quienes los contemplen sintieran palpitar la sangre en sus ijares y pudieran aspirar su olor salvaje”.
¿Qué quisieras transmitir con tu obra?
Quisiera transmitir el amor que siento por ellos y que las virtudes que los adornan y ennoblecen fueran más patrimonio de los humanos.
La artista asegura que hay algunas cosas que no se podrían llevar a cabo sin amor, porque siempre el resultado sería negativo.
Tronconi deja en claro que para pintar equinos no basta con amarlos intensamente, hay que admirarlos y tenerles respeto.
“Lápiz y pincel dejan de lado su rutina y se convierten en caricias en mano del pintor acompañando su galope, se agitan en el ondular de sus crines, se estremecen en sus músculos, tiemblan junto a sus ijares, brillan en sus ojos, arremeten en su arrogancia sin altivez y aparecen como luz en su belleza sin vanidad”.
“La naturaleza siempre es más bella que el arte, no en vano Dios aparece en La Biblia sobre la grupa de un caballo blanco. Dios los modeló para preservar su esplendor a través de los siglos, nosotros los pintores sólo podemos reflejar un destello de Su creación”.
Mónica asegura que ningún pintor podrá nunca encontrar en su paleta todos los colores de su pelaje, ni todas las luces de su reflejo, ni toda la magnificencia de su porte.
¿Cómo ves al arte hoy en día?
Hoy no se premia al arte clásico, el arte en el cual un caballo es un caballo, pero eso no es importante porque los premios pueden ser un estímulo esperado cuando el que pinta, pinta, como un ejercicio de catarsis y no con la intención de entregar belleza. Cuando uno lo hace así, el mejor premio es el íntimo convencimiento de haberlo logrado.
Para conocer más obras de la artista: http://www.monicatronconi.com.ar/tronconi/home.asp
Tags: Arte, Mónica Tronconi



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